2 Cuando los sueños se desvanecen

CAPÍTULO 2

Cuando los sueños se desvanecen

Tres semanas después de aquella mañana de la carta, la búsqueda de empleo se había vuelto un oficio de paciencia mal pagada. Cada día trazaba la misma ruta: agencias de empleo, vestíbulos bancarios, entrevistas que terminaban en sonrisas de cortesía y silencios que no necesitaban traducción. Mi currículum —ese mapa de otra vida— pasaba de mano en mano sin que nadie lo reclamara.

Las voces de la calle me llegaban en inglés y en francés, esquivas, llenas de bordes que yo aún no sabía cómo agarrar. Escuchaba y asentía. Asentía y callaba. El miedo a equivocarme era más rápido que las palabras.

Cada solicitud enviada era un sobre cerrado arrojado al buzón de lo incierto. Los rechazos no llegaban como golpes —llegaban como ausencias. Nadie respondía. Y la ausencia, aprendí, pesa más que el no.

A casi cuarenta años, el tiempo tenía una textura distinta. Ya no era aquella cosa abstracta que los jóvenes malgastan con indiferencia. Era algo que se sentía en los dedos al llenar formularios, en la pausa que hacía antes de hablar, en el cálculo mudo de cuántos años me quedaban para empezar.

Una tarde de principios de octubre —el otoño ya había pintado el Parque Jarry de ocre y carmesí— mis pasos me llevaron hasta ese oasis verde cerca del barrio griego. El lago artificial estaba quieto. Unos cisnes navegaban sin apuro por la superficie, indiferentes a la ciudad que los rodeaba.

Fue entonces cuando lo vi.

Un anciano de barba blanca estaba sentado en un banco, mirando el agua con la serenidad de quien ya ha hecho las paces con todo lo que no pudo controlar. Me acerqué sin saber muy bien por qué. Me senté a su lado como uno se sienta junto a un fuego: buscando calor, no conversación.

—Las aguas siempre encuentran su curso —dijo sin mirarme—. Aunque tengan que rodear montañas.

Su voz era baja, sin urgencia. Como si la frase no fuera para mí, sino para el lago.

—Me llamo Nereus —dijo.

Le conté. No sé por qué lo hice, pero las palabras salieron solas: el banco en Medellín, la violencia que marcaba el tiempo con explosiones, la decisión de partir, las puertas cerradas de Montreal, el francés que se escabullía cada vez que más lo necesitaba. Él escuchó sin interrumpir, asintiendo apenas, como si ya conociera la historia y solo estuviera esperando a que yo llegara al final.

—El emigrante lleva dos tierras dentro —dijo cuando terminé—. Eso no es una debilidad. Es un peso que da sustancia. Los jóvenes tienen velocidad; tú tienes algo que ellos aún no pueden comprar.

Hizo una pausa.

—Los idiomas pesan al principio. Cansan los brazos. Pero con el tiempo se vuelven parte del cuerpo.

Nos quedamos callados, mirando los cisnes.

—El agua no pelea con las rocas —dijo finalmente—. Las rodea. Y al final, siempre pasa.

Cuando quise preguntarle más, ya se había puesto de pie. Caminó sobre la hierba con pasos que no hacían ruido, y desapareció entre los árboles como si nunca hubiera estado.

Los días que siguieron trajeron una claridad que duró lo que duran esas cosas: poco. La realidad seguía siendo la misma. Las puertas bancarias permanecían cerradas. Mi francés mejoraba, pero no al ritmo que el mundo laboral exigía.

Fue durante una de esas noches de insomnio, con la ciudad dormida bajo un manto de estrellas frías, que una idea se instaló en mi mente con la persistencia de las cosas que no tienen a dónde más ir. Si los bancos no me querían, si mi experiencia con números no encontraba hogar en las torres de cristal del centro, quizás debía buscar otro territorio.

Diseño de construcción. AutoCAD.

—El dibujo es un lenguaje sin acento —me dije, aferrándome a esa frase como si contuviera algo verdadero.

El anuncio lo encontré en el periódico: un curso de diseño técnico, herramientas del futuro en la industria de la construcción. Pensé en la precisión que requería el trabajo bancario, en mi capacidad para ver estructuras donde otros veían caos. Usé parte de mis ahorros para inscribirme. Esa noche, al apagar la luz, sentí algo parecido al optimismo. No lo reconocí de inmediato porque hacía mucho que no lo visitaba.

Los primeros días fueron reveladores. El software hablaba un idioma de coordenadas y capas, de dimensiones exactas. Había una lógica pura en él, una precisión que me resultaba familiar. Dibujé mis primeras líneas con la torpeza de quien aprende a escribir de nuevo. Luego vinieron los rectángulos, los planos básicos. Algo en el proceso me calmaba —el clic del ratón, la pantalla que respondía con exactitud milimétrica a cada comando.

Pero a medida que octubre daba paso a noviembre y noviembre a diciembre, una comprensión amarga fue tomando forma. El problema no era el software. Podía manejar los comandos, entendía la lógica. El problema era todo lo demás: los términos de construcción en francés y en inglés, las normativas canadienses, los códigos de edificación, el lenguaje especializado de arquitectos e ingenieros que hablaban de vigas y cimientos con una familiaridad que yo no tenía y que ningún curso acelerado me daría.

Structural beam —decía el instructor—. Load-bearing wall. Foundation footings.

Las palabras flotaban en el aire. Y cuando intentaba buscarlas en español, descubría que el mundo de la construcción canadiense tenía sus propias particularidades que no se traducían de mi experiencia colombiana —experiencia que, de todas formas, era la de un hombre de bancos, no de edificios.

Una noche, después de una clase en la que había confundido términos cruciales frente a los demás, me quedé sentado frente a la pantalla apagada. Las líneas y coordenadas que semanas atrás prometían un comienzo me devolvían ahora una mirada neutral, sin apología.

—Quizás no sea un arquitecto de rascacielos —me dije en voz alta.

Las palabras sonaron huecas en el apartamento vacío. Las dejé ahí.

Diciembre llegó con días que se hacían cortos como si el sol también tuviera prisa por irse. La nieve cubría el parque; los árboles desnudos se alzaban contra el gris del cielo. Volví al Parque Jarry una tarde, buscando quizás el banco donde había conocido a Nereus, o simplemente un lugar donde el frío pudiera justificar el entumecimiento que llevaba dentro. El lago estaba parcialmente congelado. Los cisnes habían emigrado a aguas más cálidas, más sensatos que yo.

Limpié la nieve del banco con la manga del abrigo y me senté. El frío atravesaba la tela. Me quedé igual.

«Las aguas siempre encuentran su curso», había dicho el viejo. Pero ¿y si me había equivocado de curso? ¿Y si AutoCAD era simplemente otro callejón que terminaba en pared?

Observé los árboles. Pelados, quietos, sin nada que ofrecer a la vista. Y sin embargo seguían siendo los mismos árboles que en octubre ardían de color. No habían muerto. Solo habían cerrado, guardado todo para adentro, esperando algo que yo todavía no podía ver desde aquí.

Esa noche, de regreso en el apartamento, no abrí el programa de diseño. Saqué un cuaderno y empecé a escribir. Escribí sobre el banco en Medellín, sobre las explosiones que marcaban el tiempo. Sobre la decisión de partir con la certeza de no regresar. Sobre Montreal, sobre Nereus, sobre los cisnes del Parque Jarry y los niños que absorbían idiomas como si respiraran.

Escribí durante horas. Y al escribir descubrí que quizás el único lenguaje que siempre había sabido manejar no tenía coordenadas ni comandos. Era este: el de poner una palabra detrás de la otra hasta que algo que dolía empezara, apenas, a tener forma.

Cerré el cuaderno y lo coloqué junto al marco con la carta de aceptación. Dos documentos sobre la misma mesita de noche, en el mismo apartamento frío, en la misma ciudad que aún no sabía muy bien qué hacer conmigo.

Apagué la luz.

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