No 10 "Cartas Sin Remitente: Ecos de una Victoria Silenciosa"
«El destino baraja las cartas, pero nosotros somos quienes las jugamos.»
En la penumbra de mi refugio donde el tiempo parece detenerse, observo cómo el café dibuja espirales de vapor que ascienden como pensamientos fugitivos. Desde que la memoria me habita, he caminado con un pie anclado en la tierra firme de lo cotidiano y otro flotando en el éter de lo improbable —ese reino donde los sueños tejen sus propias realidades y los imposibles se vuelven promesas.
La taza humeante frente a mí es un incensario de revelaciones, y cada sorbo conspira con el destino para narrar un capítulo que parece no tener fin.
«¿Tiene la vida un propósito mayor que el simple acto de ser vivida?»
Me pregunto mientras las espirales de vapor ascienden como oraciones visibles hacia un cielo invisible. La existencia es un libro de páginas infinitas, donde cada amanecer desvela un nuevo folio: las desgracias son notas marginales escritas con tinta invisible, y las alegrías brillan como párrafos iluminados con oro líquido.
—Es en la aparente banalidad de los días —susurro a la soledad— donde se esconden los misterios más profundos.
Habitamos entre líneas y espacios en blanco, buscando significado en el flujo incesante de nuestros días. A veces, en la quietud del amanecer o en el murmullo del anochecer, siento que mi existencia se despliega como una sucesión de cartas sin remitente —mensajes cifrados de un dios distraído o tal vez murmullos de aquellas montañas que mecieron mi infancia.
En aquellos días dorados, cuando el tiempo se suspendía entre juegos y sueños, cada rincón de la naturaleza me contaba una narrativa secreta. El viento que acariciaba las cumbres y los ríos que serpenteaban entre los valles componían una sinfonía que solo el corazón podía descifrar.
«La nostalgia es la memoria del corazón.»
Los ecos de aquella inocencia resuenan ahora en el presente como un mantra eterno, recordándome que aunque buscamos respuestas en el estruendo de la modernidad, es en el silencio de los recuerdos donde yacen las claves de nuestro ser. Cada amanecer cargamos con nosotros esos fragmentos de infancia, paisajes que moldearon nuestra alma y aún nos dicen: siempre habrá más para descubrir, si sabemos escuchar el silencio entre las palabras.
«Somos el eco de lo que fuimos y el preludio de lo que seremos.»
«Gracias», murmuro al viento como quien confiesa un secreto, agradeciendo al invisible autor de este enigma por haberme inscrito en una narrativa que, aunque escapa a mi comprensión, amo con la devoción de quien presiente que el misterio es más valioso que la revelación.
En esta mesa desgastada donde reposa mi taza, los recuerdos danzan como motas de polvo en un rayo de sol. Las cartas sin remitente siguen llegando —algunas vestidas de coincidencia, otras disfrazadas de rutina. Y es aquí, en este espacio entre lo vivido y lo soñado, donde empiezo a descifrar un mensaje que el destino ha estado escribiendo con la tinta invisible del tiempo.
«El presente es el punto donde el tiempo toca la eternidad.»
La vida, con su procesión de desgracias y fracasos tan reales, sus ambiciones tan absurdas y sus pasiones —tan hermosas como dolorosas—, ha perdido su veneno. He alcanzado esa extraño horizonte donde los despiadados son apenas sombras fugaces; ya no logro odiarlos. Los contemplo, más bien, con la misma compasión con que el río acaricia las piedras, puliéndolas con paciencia infinita hasta revelar su oculta belleza.
Me descubro riendo con las mejillas aún húmedas de llanto, como quien encuentra un tesoro en medio de la tormenta. La muerte —ese último verso del poema vital— ya no proyecta sombras en mi camino. La veo ahora como un telón que se alza —no que cae— sobre el mayor de los misterios, una puerta que promete revelaciones que mi imaginación apenas roza.
«Los sueños son cartas que el alma se escribe a sí misma.»
No busco ya certezas sobre fuerzas superiores ni designios cósmicos que me protejan desde algún rincón olvidado del universo. Elijo, en cambio, habitar este presente como quien lee un relato bien escrito, confiando en que cada página tiene su propósito, cada personaje su razón de ser, cada giro del destino su secreta coherencia.
El crepúsculo derrama ahora su paleta imposible sobre el mundo, y el aire vibra con una música que solo el corazón puede escuchar —quizás el eco de todas las palabras no dichas, o el susurro del tiempo que nos contempla con la paciencia de un antiguo amante. Aquí, en esta mesa que flota como una isla entre el ayer y el mañana, me detengo. Saboreo este momento como si fuera la última gota de eternidad en mi taza.
La vida, esa poeta incansable, me sonríe desde la orilla opuesta del río de los días, y en su sonrisa intuyo que las verdaderas cartas, aquellas que contienen los secretos más profundos, apenas están comenzando a llegar...
"La Visitante Nocturna"
El café había perdido su aliento cuando advertí que la habitación se había sumergido en un silencio casi sobrenatural —esa quietud densa que precede a las revelaciones o a las tormentas. Afuera, las hojas descendían con la delicadeza de secretos susurrados al viento, cada una portando fragmentos de memorias ajenas.
«¿Existe el mundo cuando nadie lo mira?», me pregunté, contemplando cómo la realidad parecía desplegarse cual teatro improvisado, ensamblado por manos invisibles al compás de nuestra atención.
Un golpe tenue contra el cristal interrumpió mis cavilaciones: una mariposa nocturna —mensajera improbable— ejecutaba su danza insistente contra la ventana. En su fragilidad residía toda la fuerza de lo efímero, como si su breve existencia fuera un recordatorio burlón de la vida misma.
—Pasa —murmuré mientras abría la ventana.
La criatura, con sus alas de terciopelo oscuro, trajo consigo el aliento fresco de la noche y se posó junto a mi taza, como si aquella mesa desgastada fuera el escenario destinado para su aparición.
La observé maravillado: ¿cómo algo tan diminuto podía contener un universo completo de significados? Sus movimientos —frágiles y gráciles— reflejaban la delicada transitoriedad de cada instante vivido. En aquel silencio compartido, comprendí que la vida, con su fragilidad intrínseca, está tejida de pequeñas maravillas que susurran verdades eternas al corazón atento.
Revoloteó torpemente alrededor de la lámpara, convertida en un fragmento de noche atrapado entre reflejos dorados. Sus alas trazaban patrones familiares —geometrías que resonaban en algún rincón olvidado de mi memoria. Entonces lo comprendí: era una mensajera de algo vasto e incomprensible que nos observaba desde la distancia.
En aquellos días monótonos como digitador —donde las teclas marcaban el tiempo cual reloj implacable—, el banco nos sorprendió con un anuncio: «Hay que encontrar un nombre para el proceso que realizamos». La frase resonó como una campana lejana, abriendo una ventana en aquel aire viciado de rutina, permitiendo que entrara una ráfaga de posibilidades.
La participación en el concurso se transformó en mi obsesión silenciosa. Buscaba inspiración en los lugares más insólitos: entre líneas de libros olvidados, en conversaciones ajenas, en las espirales caprichosas de la espuma del café. En cada rincón sentía la presencia de la mariposa, recordándome que las ideas germinan en el silencio de la monotonía.
Un día, mientras revisaba un expediente especialmente denso, las palabras emergieron de un recoveco inexplorado de mi mente —como si siempre hubieran estado allí, aguardando su momento de revelación. Era un nombre sencillo, casi modesto, pero preñado de significado; una promesa que resonaría más allá de los muros bancarios.
Plasmé mi propuesta en el formulario oficial con una mezcla de emoción y duda. Al entregar aquel papel doblado, sentí una transformación sutil pero profunda: había aprendido que los momentos aparentemente insignificantes pueden encender las chispas más brillantes.
Ahora, al recorrer aquellos pasillos, percibo que el aire conserva secretos —los mismos que me susurró la mariposa aquella noche. La vida no requiere justificación para ser hermosa; le basta simplemente con existir. Y así, entre aleteos y ecos creativos, permanezco en silencio, escuchando las promesas del viento y las historias que aguardan su momento de ser reveladas.
"La Alquimia de las Siglas"
En las entrañas del banco —donde los números ejecutan su ritual nocturno—, se gestaba una operación vital: el procesamiento de los depósitos realizados en los cajeros automáticos. Esta labor, aparentemente rutinaria, constituía el corazón pulsante de la confianza bancaria. Todo depósito sin procesar recibía el nombre de «Suspense» —designación que flotaba en el aire como una nota musical en busca de su partitura.
En las calles de Quebec, el dinero baila con un nombre familiar: «PIAS». Esta palabra —arraigada en el léxico popular quebequense— se transformó en la llave maestra de mi inspiración durante una noche de insomnio creativo. Como un alquimista moderno en su laboratorio nocturno, comprendí que podía transmutar ese término cotidiano en algo trascendente: P.I.A.S. (Poste Informatisé Aucun Suspense) —Puesto Informatizado sin Suspenso.
—Las siglas perfectas —murmuré para mí mismo mientras las escribía por primera vez.
El acrónimo emergió cual obra de arte lingüística, donde cada letra entretejía forma y función en armoniosa danza. No era un simple juego de palabras; representaba la cristalización de un proceso vital en el vocabulario bancario. La palabra «suspenso» —tradicionalmente vinculada a la incertidumbre— se transformaba así en su antítesis: una promesa de eficiencia y resolución.
Esta metamorfosis lingüística trascendía el mero cambio nominal; simbolizaba la transmutación de la incertidumbre en certeza, del caos en orden, de la espera en acción. En las cuatro letras de P.I.A.S. se destilaba la esencia de nuestro compromiso:
«Garantizar que cada dólar encuentre su destino, sin demora, sin suspenso».
Mientras desarrollaba la propuesta, imaginaba el eco de este nuevo nombre resonando en los pasillos del banco —una melodía de creatividad en medio de la sinfonía rutinaria. La mariposa nocturna que había atravesado mi ventana se convirtió en musa silenciosa; su vuelo errático evocaba la búsqueda de una idea brillante en aquel océano de números y procedimientos.
Al presentar finalmente el nombre P.I.A.S., experimenté esa singular mezcla de vértigo y exaltación que acompaña a los momentos decisivos. No era simplemente una participación en un concurso; significaba dejar una huella indeleble en un entorno donde las ideas solían ahogarse en las aguas de la monotonía. La noche anterior había sido testigo de mi propia metamorfosis: una simple palabra se convertía en puente hacia horizontes inexplorados.
Con cada paso hacia el futuro, comprendía que las ideas —al igual que las mariposas nocturnas— emergen en los instantes más inesperados, portando consigo la promesa de algo extraordinario. Mientras el proceso bancario mantenía su marcha inexorable, me sentía parte de aquella danza creativa, preparado para enfrentar cualquier desafío con la misma gracia y determinación que mi visitante alada.
"El poder de los nombres: El Vuelo de las Ideas"
Las propuestas reposaban sobre la mesa de juntas —cada una un fragmento de creatividad destilada en palabras. Los ejecutivos y supervisores, convertidos en custodios de aquel momento decisivo, observaban los documentos con la gravedad de jueces ante evidencias cruciales. La rutina bancaria mantenía su pulso constante, pero la electricidad del concurso vibraba en cada conversación de pasillo, en cada mirada cómplice entre colegas.
«P.I.A.S.» —mi propuesta seguía resonando en mi mente como un mantra persistente. Había cincelado cada letra del acrónimo con la precisión de un orfebre, buscando evocar solidez, innovación y, sobre todo, ese sentido de pertenencia tan esquivo en los laberintos corporativos. En este improvisado museo de ideas, cada propuesta competía por su lugar en la memoria colectiva del banco.
Paralelamente, el debate sobre el nombre del periódico institucional tejía su propia narrativa de expectativas. Dos nombres habían emergido como favoritos:
—«Le Banquier» —susurraban algunos, saboreando su elegancia aspiracional.
—«L'Encaisseur» —respondían otros, defendiendo su pragmatismo certero.
Las discusiones trascendían lo nominal, transformándose en tertulias que estrechaban los lazos entre compañeros, creando una red invisible de complicidades y esperanzas compartidas.
La semana de deliberaciones culminó con la convocatoria a una reunión especial. El aire se espesó con anticipación; las miradas furtivas y los murmullos contenidos auguraban un momento trascendente.
El director se irguió con la solemnidad que precede a los grandes anuncios. Primero, abordó el tema del periódico:
—«L'Encaisseur» será nuestro vocero institucional —declaró.
Una oleada de aplausos confirmó la elección: un nombre robusto, directo, que encapsulaba nuestra esencia colectiva.
Entonces sobrevino esa pausa dramática que pareció condensar el tiempo mismo. El director, con una sonrisa que guardaba secretos, pronunció las palabras que cambiarían mi lugar en aquel universo bancario:
—El sistema operativo del banco llevará el nombre de «P.I.A.S.»
Mi corazón ejecutó una pirueta mientras luchaba por mantener un semblante sereno. El orgullo se expandió en mi pecho como una marea cálida —no era simplemente un nombre; era una semilla plantada en el jardín de la memoria institucional.
La junta designada transformó «L'Encaisseur» de concepto a realidad tangible, mientras «Système P.I.A.S.» se integraba al léxico bancario con la naturalidad de lo inevitable. Cada mención de aquellas siglas reverberaba en mi interior como un eco de victoria personal.
Durante aquellos días de transformación, comprendí que los nombres poseen un poder que trasciende su fonética: son recipientes de ideas, catalizadores de esfuerzos, custodios de sueños colectivos. Pero su verdadera magia reside en su capacidad para tejer conexiones invisibles entre las personas, uniendo voluntades en torno a una visión compartida.
Y esa comprensión —pensé mientras observaba mi creación cobrar vida en los pasillos del banco— era el verdadero triunfo: no el reconocimiento personal, sino el haber contribuido a forjar un símbolo de identidad colectiva que perduraría más allá de mi paso por aquellas oficinas subterráneas.
Aquel capítulo de mi existencia bancaria no solo marcó un punto culminante —fue una sinfonía de satisfacción que aún reverbera en los pasillos de mi memoria. Mi creación, materializada en realidad tangible, había encontrado su voz: «Système P.I.A.S.» resonaba ahora en conversaciones y brillaba en las pantallas de los computadores como un faro de innovación.
La recompensa se manifestó en diversas formas: una cena para dos en un restaurante de mantel largo —velada que transformé en momento imperecedero—; cien dólares que pesaban como oro en mi bolsillo; un prendedor dorado con el emblema del banco —símbolo tangible de mi aporte—; y varias camisetas institucionales que vestí con un orgullo que me sorprendió a mí mismo.
Sin embargo, el instante que quedó grabado a fuego en mi memoria ocurrió días después. Me encontraba sumergido en la rutina diaria —ese río manso de tareas repetitivas—, cuando el silencio habitual se quebró ante una presencia extraordinaria: el gerente general había descendido a nuestro dominio subterráneo. Su aparición provocó un murmullo eléctrico entre mis compañeros.
—¿Quién es José Salazar? —su voz resonó firme mientras sus ojos escrutaban la sala.
Alcé la mano con el corazón martillando contra mi pecho, esforzándome por mantener la compostura. Se acercó a mi cubículo con una sonrisa que suavizaba su autoridad, y estrechando mi mano con firmeza, pronunció palabras que transformarían mi percepción del logro:
—Vamos a oír hablar de su invento largo tiempo: el «Système P.I.A.S.» Felicitaciones!
Aquella frase —pronunciada con una mezcla perfecta de solemnidad y optimismo— se convirtió en un sello de validación más valioso que cualquier trofeo material. Por primera vez, me sentí verdaderamente visible, como si mi contribución hubiera encontrado su voz en el lenguaje universal del reconocimiento.
En los días subsiguientes, el ritual de encender los computadores adquirió un significado casi sagrado. La pantalla inicial, donde «Système P.I.A.S.» brillaba junto a un logo que conjugaba modernidad e ingenio, se convirtió en mi pequeño momento diario de victoria. Cada vez que lo contemplaba, una sonrisa involuntaria dibujaba en mi rostro la geometría de la satisfacción.
Paralelamente, «L'Encaisseur» realizó su entrada triunfal al mundo. La primera edición del periódico fue recibida con el entusiasmo de quien da la bienvenida a un viejo amigo largamente esperado. El editorial inaugural —redactado con la precisión de un orfebre de palabras— no solo exaltaba los valores bancarios, sino que celebraba el espíritu innovador que había dado vida a ambos proyectos.
Esta etapa transcendió lo meramente laboral: fue testimonio vivo de cómo la creatividad y el esfuerzo pueden abrir portales insospechados incluso en los contextos más rutinarios. Y, sobre todo, me enseñó que las victorias aparentemente modestas, cuando se viven con plenitud y conciencia, poseen el poder alquímico de transformar la narrativa de nuestra historia personal.
"Ecos del Esfuerzo Compartido"
La primera edición de «L'Encaisseur» llegó como una brisa renovadora en el microclima bancario. Sus páginas —más allá de números y comunicados corporativos— exhalaban un aroma a pertenencia colectiva. El editorial inaugural mencionaba al «Système P.I.A.S.» con la reverencia reservada para las revoluciones silenciosas en eficiencia bancaria. Mientras mis ojos recorrían aquellas líneas impresas, una amalgama de incredulidad y orgullo danzaba en mi interior —mi nombre permanecía en el anonimato, pero la esencia de mi contribución vibraba en cada párrafo.
Las semanas posteriores vieron al periódico metamorfosearse en estandarte de identidad colectiva. Cada nueva edición incorporaba entrevistas íntimas, anécdotas cotidianas y un espacio dedicado a la creatividad de los empleados. Durante los descansos, pequeños grupos se formaban espontáneamente:
—¿Viste el artículo sobre la nueva implementación? —comentaba alguien.
—La sección de sugerencias está cada vez más interesante —respondía otro.
Cada ejemplar se convertía en un hilo invisible que tejía conexiones más profundas entre nosotros.
Mientras tanto, «Système P.I.A.S.» comenzaba a cosechar sus primeros frutos. Los elogios brotaban en reuniones gerenciales como flores en primavera; supervisores destacaban cómo aquella herramienta había simplificado procesos antes laberínticos. Observaba, con silenciosa satisfacción, cómo mi creación se entretejía en el ADN operativo del banco.
Sin embargo, lo más significativo fue percibir cómo formaba parte de algo mayor —una transformación que trascendía lo laboral para tocar fibras más profundas de la existencia. Mi confianza creció como una planta bien regada, y con ella, el anhelo de seguir sembrando ideas donde fuera que el destino me llevara.
El tiempo —ese río imparable— siguió su curso, y nuevos proyectos ocuparon mis días. No obstante, aquel período quedó tatuado en mi memoria como testimonio del poder transformador de las ideas. Cada reminiscencia de esa época trae consigo una certeza reconfortante: las semillas plantadas en terrenos insospechados pueden florecer con la fuerza de los sueños cumplidos.
Ese logro aparentemente modesto me reveló una verdad esencial: todo acto realizado con pasión y convicción puede convertirse en legado —sea este grandioso o diminuto, recordado por muchos o atesorado en soledad. Como «P.I.A.S.» y «L'Encaisseur», puede transformarse en algo que trascienda el tiempo, resonando eternamente en los pasillos de la memoria colectiva, en los ecos del esfuerzo compartido.
"El Arte de lo inevitable"
Aprendí, en las profundidades de aquellos días subterráneos, que jamás estaremos completamente preparados para lo que la vida nos depara —pero que cada momento, con su misteriosa alquimia, nos forja para lo siguiente. Las piezas del caos, como fragmentos de un vitral roto, solo revelan su patrón cuando las contemplamos desde la distancia que otorga un corazón en proceso de sanación.
«Lo que pasó tenía que pasar» —me repetía en las noches de insomnio, cuando el eco de las pérdidas rebotaba en los muros de mi consciencia. El pasado, ese ladrón sigiloso, nos despoja de certezas y siembra en su lugar enigmas sin resolver. Sin embargo, comprendí que cada partida es necesaria, como el árbol que se desnuda en otoño para permitir el nacimiento de nueva vida.
Frente al ventanal empañado del banco, mi reflejo me devolvía la mirada de quien ha navegado tormentas. En esas líneas que el tiempo había trazado en mi rostro, leía la caligrafía de las ausencias que dejaron cicatrices y los encuentros que sembraron luces. Porque el amor, aunque a veces huye como sombra esquiva, siempre encuentra caminos insospechados para regresar —cual rayo de sol que perfora las nubes después de la tormenta.
—Lo que viene tiene que suceder —murmuré para mis adentros.
Era una verdad agridulce, como el viento invernal de Montreal que corta la piel pero purifica el aire. Las palabras de aquel poeta emergieron entonces de la niebla del recuerdo:
—La vida no te pregunta si estás preparado. Solo te empuja... pero tú eliges si caes o aprendes a volar.
Esa sabiduría ancestral me hizo contemplar el horizonte con ojos renovados. Afuera, la lluvia cedía su reino a un tímido resplandor que se filtraba entre nubes obstinadas —como si el cielo mismo ensayara sus primeros vuelos.
Lo que viene no solo es inevitable: llega cargado de enseñanzas que a veces se revelan con la nitidez del alba, y otras, con la parsimonia de una vela que se consume en soledad. Las lágrimas, comprendí, no son signos de flaqueza sino testimonios de un corazón que preserva su capacidad de sentir. Y las risas —esas que sacuden el alma y resuenan en las entrañas— son recordatorios de que la existencia, a pesar de sus sombras, merece ser celebrada.
En mi pequeño cubículo —ese refugio que se expandía con la elasticidad de los sueños—, contemplé los testigos silenciosos de mi travesía: el libro inconcluso sobre el escritorio, la fotografía gastada que atesoraba memorias de un amor perdido, y la taza de café que se enfriaba junto a una hoja en blanco.
Ese papel inmaculado, como la vida misma, aguardaba expectante. Sabía que lo que plasmara allí no alcanzaría la perfección, pero llevaría la marca indeleble de mi verdad. Porque eso es lo único que realmente poseemos: la oportunidad de escribir nuestra historia con la tinta del corazón, sin importar cuántas veces el destino nos exija comenzar de nuevo. Cada trazo, cada palabra es un eco de nuestras vivencias, una constelación de sueños y cicatrices que se despliegan ante nosotros.
Al posar la pluma sobre el papel, sentí que cada línea era un susurro del alma, una danza silenciosa entre la razón y el sentimiento. Y así, en el sosiego de ese instante, comprendí que no es la perfección lo que buscamos, sino la autenticidad de nuestros relatos, la esencia pura de ser quienes somos en cada renglón escrito.
Tomé el bolígrafo y, con la certeza de quien ha aprendido a abrazar lo inevitable, escribí:
«Nunca estaremos completamente preparados, pero la vida no requiere nuestra preparación —solo nuestra valentía. Lo que viene fluirá como un río: indomable, impredecible, pero siempre en movimiento. Y en su corriente, aprenderemos a nadar, a dejarnos llevar, o quizás... a construir puentes hacia nuevos horizontes.»
"Ecos de Gratitud"
«El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene.»* —Victor Hugo
No le pido tanto a la vida —solo que me permita seguir tejiendo sueños en el telar de los días. Que cada amanecer despierte con promesas renovadas, y cada atardecer pinte el cielo con los colores del asombro. Que las pequeñas victorias —como aquella del «Système P.I.A.S.»— permanezcan cual tesoros en el cofre de la memoria, y la gratitud sea mi compañera fiel en esta travesía.
Que jamás se marchite mi capacidad de maravillarme: ante una mariposa nocturna mensajera del destino, ante la danza de las hojas en el otoño montrealés, ante el primer brote que desafía la tiranía del invierno. Que las risas infantiles sigan siendo la más dulce de las melodías, y la sabiduría de los ancianos brille con el resplandor del oro verdadero.
No anhelo riquezas materiales —busco la abundancia del corazón. Que estas manos, curtidas por el conteo de billetes ajenos, permanezcan tendiendo puentes hacia el otro. Que mis oídos conserven su afinación para las historias que el mundo susurra en los rincones más insospechados —como aquellas que nacen tres pisos bajo tierra, en el corazón pulsante de un banco.
Que los recuerdos —desde Colombia hasta Canadá, desde los tropiezos hasta los triunfos— sean bálsamo en días de tormenta, y el futuro se mantenga como lienzo inmaculado de posibilidades. Que nunca cese mi hambre de aprender, de crecer, de reinventarme. Que cada desafío revele la fuerza que habita en las profundidades de mi ser.
Y si la vida, con su danza caprichosa, me concede estos milagros disfrazados de momentos, prometo vivirlos con la intensidad de quien descubre tesoros en lo cotidiano. Cada instante será una página en blanco que el destino moja con su lluvia de prodigios, y yo, cual escribano enamorado, la llenaré de palabras que brotan del alma, no para ser leídas, sino vividas.
Una vida ordinaria —rica en recuerdos y en esa inteligencia que solo pide al universo comprender su sentido— es quizás el mayor tesoro. Porque, ¿no es eso lo que todos buscamos en el fondo? Una existencia que, aunque simple, rebose de significado; un camino tejido con hilos de amor y propósito, donde la magia de lo cotidiano transforme cada día en una página que merezca ser recordada.
Que mi paso por este mundo sea como lluvia de verano: breve, pero capaz de despertar la vida dormida en las raíces. Y cuando solo quede el recuerdo, que mi ausencia sea como el aroma de una flor nocturna: sutil, pero imposible de olvidar.
«El destino escribe sus mensajes en una caligrafía que solo el tiempo nos enseña a leer.»
Y es aquí, en la penumbra de mi aposento donde los segundos gotean como café recién colado, donde empiezo a comprender que cada momento de mi vida ha sido una carta enviada desde el futuro hacia el pasado. El banco, tres niveles bajo tierra, espera con sus secretos y sus rituales numéricos. Entre sus paredes de concreto y fluorescentes, una nueva historia comienza a gestarse —una que transformará la rutina en revelación.
Queridos amigos:
Al llegar al final de este capítulo, quiero expresar mi más sincero agradecimiento por formar parte de mi vida y acompañarme en este viaje literario. Los invito a sumergirse en estas páginas con el mismo cariño con el que las escribí y a compartir sus pensamientos, anécdotas y reflexiones con sus seres queridos. Sus historias son un valioso complemento a las mías, y nada me alegraría más que saber que estas memorias han tocado su corazón de alguna manera.
Si este libro les ha brindado momentos gratos, me permitiré pedirles un pequeño favor: los invito a adquirir mi obra en Amazon, disponible a un precio accesible. Su apoyo no solo me ayudará a alcanzar un lugar entre los más vendidos, sino que permitirá que este proyecto llegue a muchas más personas. Dejar un comentario y calificar el libro sería un gesto invaluable para mí.
Con todo mi afecto y gratitud,
Abelardo Salazar
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