16 "El Viaje de las Promesas: "La Travesía del Encuentro"

Capítulo 16

El Viaje de las Promesas

El avión descendió sobre Monterrey entre nubes teñidas de rojo crepuscular. A través de la ventanilla, la ciudad se desplegaba como un tapiz viviente entre montañas que parecían gigantes ancestrales, guardianes de secretos y promesas. El Cerro de la Silla se erguía majestuoso, un trono aguardando para coronar este instante que hasta entonces había existido solo en la dimensión de los sueños.

Cuando las ruedas tocaron la pista, sentí un golpe que me arrancó del ensueño en el que había habitado durante meses. Fue como aquel instante en que su primer mensaje apareció en mi pantalla, aquella noche invernal en Montreal: inesperado y contundente, sacudiendo los cimientos de mi existencia. «¿No te ha pasado que sientes conocer a alguien desde antes de conocerlo?», me había escrito ella, y esas palabras habían sido la semilla de una transformación que apenas comenzaba a comprender.

Ahora, bajo el abrazo cálido del cielo de Monterrey, esa pregunta resonaba con una vibración distinta, como si las palabras hubieran madurado durante el viaje, nutriéndose de mis anhelos y temores.

El aire frío del aeropuerto me envolvió al entrar. Caminé siguiendo las señales, mientras los mensajes que habíamos intercambiado tantas noches parecían flotar a mi alrededor como luciérnagas guiándome en este nuevo territorio. Cada paso resonaba contra el piso brillante, mezclándose con las voces en español que llenaban el lugar —un idioma familiar pero distante, como una melodía olvidada que poco a poco regresaba a mi memoria.

«Te reconoceré por tu mirada», me había dicho antes de emprender este viaje. «Los ojos no mienten, ni siquiera detrás de una pantalla». Estas palabras danzaban en mi mente mientras las puertas automáticas se abrían, revelando una multitud de rostros expectantes. El tiempo pareció detenerse. Todo se movía con una lentitud onírica, incluso los relojes digitales parecían titubear antes de marcar el próximo minuto. Solo el ritmo de mi corazón avanzaba con celeridad, marcando el compás de esta nueva sinfonía.

Busqué su rostro entre la gente como quien intenta encontrar una estrella particular en el firmamento: con la certeza de su existencia, pero temiendo haberla imaginado. Cada rostro a mi alrededor era una promesa de lo que podría ser, cada sonrisa un posible final para este viaje que había comenzado en el éter digital.

Y entonces la vi.

En ese instante, el tiempo se rindió ante la magia del momento. Nos bastó una mirada para comprender que todas las promesas del camino habían coincidido en este punto, listas para florecer en la realidad tangible.

Me encontraba en el umbral entre dos mundos: el de mis expectativas, cultivado en la soledad de mi apartamento montrealés, y el de esta nueva realidad que se desplegaba ante mí, palpitante y desconocida. El contraste entre el frío de Montreal y el calor de Monterrey era un reflejo del contraste en mi interior: entre el hombre que había sido y el que estaba a punto de descubrir.

Mientras avanzaba hacia ella, sentía que cada paso me acercaba no solo a su presencia física, sino también a una versión más auténtica de mí mismo. En sus ojos vi reflejado no solo el presente, sino todas las posibilidades del futuro que ahora se abría ante nosotros, tan vasto y misterioso como el cielo que se extendía sobre el Cerro de la Silla.

La Danza Inicial

El taxi avanzaba como un susurro entre las calles de Monterrey. A mi lado, ella miraba la ciudad como si cada edificio, cada sombra bajo el sol abrasador, formara parte de una conversación que se iniciaba sin palabras. Nos bastaba el roce de nuestras manos para entender que todo lo que había sido escrito hasta entonces había sido solo un preámbulo.

El calor del verano convertía el aire en un tapiz ondulante que hacía danzar la luz sobre el pavimento. Cada bocanada traía consigo la fragancia de un mundo nuevo, un universo donde nuestras vidas comenzaban a dibujarse sin tinta ni papel, sino con el pulso de la realidad.

Ella sonrió, y en esa sonrisa estaba condensado todo el tiempo que habíamos pasado separados. Los meses de cartas, los suspiros al leer cada línea, las llamadas que colgaban en el aire como ecos de una melodía: todo eso se disolvió bajo el sol regiomontano, fundiéndose con el presente.

—Te imaginé tantas veces aquí —dije al fin, mi voz quebrándose como la línea tenue entre el sueño y el insomnio.

Ella apretó mi mano.

—Y yo te esperé.

Las montañas nos rodeaban, guardianas que parecían inclinarse para escuchar la conversación muda entre nosotros. Sus cumbres, desgastadas por siglos de viento y sol, parecían recordar historias que no necesitaban ser contadas. Eran testigos de encuentros como el nuestro, donde lo cotidiano se convertía en milagro.

El taxista miró por el espejo retrovisor y sonrió sin preguntar nada. Quizá entendía que algunos encuentros no precisan ser explicados, solo aceptados.

—Es más hermosa de lo que imaginé —dije, refiriéndome a la ciudad, pero sabiendo que mis palabras llevaban un doble significado.

—Tú también —respondió ella sin titubear, su voz firme como un faro que guía barcos entre la niebla.

Cada semáforo era una pausa cómplice, cada bocina distante el eco de una bienvenida. Monterrey dejaba de ser solo un nombre en cartas y se transformaba en el escenario palpable de nuestra historia.

El camino continuaba trazándose entre las calles sinuosas. El cerro imponente nos miraba desde su altura como un vigía eterno, mientras los murmullos de la ciudad tejían su propio coro de bienvenida. La brisa cálida parecía susurrar secretos que solo nuestras almas recién reunidas podían comprender.

Ella mantenía su mano entrelazada con la mía, como si temiera que la realidad pudiera diluirse si soltábamos ese hilo invisible. El latido de su pulso resonaba suave y constante, un eco del viaje compartido a través de palabras y cartas que habían cruzado continentes antes de convertirse en este presente palpable.

«Esto es solo el comienzo», dijo ella suavemente. Sus palabras flotaron en el aire, suspendidas entre la certeza del ahora y la incertidumbre del mañana. Las montañas respondieron en silencio, otorgando su bendición muda a la historia que comenzábamos a escribir.

Cuando el taxi finalmente se detuvo frente a una modesta casa, flanqueada por buganvillas en flor que desplegaban su estallido de color bajo el cielo abrasador, comprendí que la geografía del alma no conoce fronteras. Cada paso hacia la puerta se sintió como un nuevo capítulo. Monterrey y Medellín ya no eran solo ciudades; se habían convertido en puntos cardinales de nuestro destino.

Mientras cruzábamos el umbral, supe que el universo había trazado para nosotros una constelación singular. No se trataba de una simple alineación de astros, sino del nacimiento de un cosmos íntimo, tejido con las hebras de nuestro amor y nuestras esperanzas. Y así, con las montañas vigilando desde la distancia, nuestras vidas, como ríos convergentes, se entregaron al caudal del tiempo.

Los Contrastes del Corazón

Aquella semana de julio de 1998 se desplegó ante mis ojos como el vuelo de una mariposa que a cada aleteo desvela un secreto del universo. La mujer que había imaginado entre suspiros y cartas se presentó con una presencia que dejó a mi corazón suspendido en el aire. A sus treinta y tres años, irradiaba la serenidad de una montaña que ha resistido todas las tempestades, y al mismo tiempo, el fuego de un relámpago.

Desde nuestra primera cena en el Hotel Holiday Inn, su mundo y el mío se revelaron como universos paralelos unidos por un capricho del destino. Ella se movía entre los comensales con la soltura de quien conoce su territorio, mientras yo, con mi calculadora mental al acecho, convertía cada platillo en pesos y luego en dólares canadienses. Su mano sostenía la carta del menú con la misma firmeza con la que seguramente dirigía sus reuniones en Sara Lee, esa empresa donde recién comenzaba.

Mientras ella trazaba con naturalidad el mapa de su mundo corporativo, yo permanecía al margen, observando. La veía tomar llamadas en un inglés tan fluido que parecía un río manso, aunque cargado de la fuerza de quien es capaz de mover montañas con la sola autoridad de su voz. Cada conversación pintaba en el aire una maraña de números y estrategias que yo apenas alcanzaba a comprender, pero admiraba como quien contempla el movimiento de las olas sin necesidad de entender el lenguaje del mar.

La mujer que me había conquistado con palabras hiladas en cartas de papel se transformaba ahora en una estratega que transitaba entre dos mundos con destreza. Cuando regresaba de sus reuniones, con la piel aún tibia por el sol del esfuerzo, volvía a emerger aquella que escribía «Roma no se hizo en un día», una frase que repetía con la dulzura de un sortilegio capaz de disipar mis inseguridades.

Sus gestos sencillos tenían el poder de convertir el frío mármol del lobby del hotel en un santuario donde nuestras diferencias se disolvían. Bastaba una mirada, una sonrisa, para que el torbellino del lujo corporativo se aquietara, y quedáramos solo nosotros dos, los mismos que en susurros epistolares habían dibujado un mundo común.

Cuando me veía sentado en el lobby, sus ojos brillaban con la complicidad de quien conoce cada rincón de mi alma. Aquellos momentos robados al caos del día se convertían en una tregua donde el amor y la vida hacían las paces, y yo comprendía que, pese a nuestras diferencias, éramos viajeros del mismo sueño.

El Ritual de la Espera

Las horas de espera en el Holiday Inn se transformaban en un ritual de contemplación. Desde el sillón del lobby, me convertía en un observador de un mundo ajeno, donde ejecutivos con maletines de cuero pulido cruzaban como criaturas de un reino distante. El tiempo se volvía una sustancia maleable: se estiraba interminablemente durante su ausencia, cada minuto un siglo de anhelo, y se comprimía cuando ella aparecía, haciendo que las horas se desvanecieran en segundos.

Los ventanales del hotel enmarcaban el Cerro de la Silla como un gigante de piedra que parecía cambiar de humor con cada giro del sol. Desde mi esquina silenciosa, me perdía en sus contornos imaginando que cada pliegue de la montaña guardaba secretos de nuestra historia. En ocasiones cerraba los ojos y podía escuchar el eco de nuestras llamadas nocturnas, cuando las palabras fluían libres, sin el peso de las diferencias sociales ni la intimidación de los espacios lujosos que ahora nos rodeaban.

Cuando regresaba de sus reuniones, con la serenidad de quien regresa de una batalla librada con palabras y números, buscábamos refugio en el bar del hotel. Ella pedía un martini con la misma elegancia con que manejaba sus negociaciones, el movimiento de su mano al sostener la copa tan fluido como sus estrategias. Yo, aferrado a una cerveza Corona, me sentía anclado a una realidad más sencilla.

—Las verdaderas conexiones no tienen nada que ver con las cuentas bancarias —dijo una noche, mientras el hielo tintineaba en su copa. Su sonrisa transformaba el espacio impersonal en un santuario donde solo existíamos nosotros y nuestras historias.

Las diferencias entre nuestros mundos se manifestaban en detalles cotidianos: ella firmaba las cuentas del hotel con naturalidad, mientras yo calculaba mentalmente el tipo de cambio; su maleta elegante contrastaba con mi mochila desgastada; su tarjeta American Express dorada brillaba bajo las luces del restaurante, mientras yo escrutaba discretamente los precios del menú. Pero ella tenía el don de convertir esos momentos potencialmente incómodos en anécdotas que tejían puentes sobre nuestras diferencias.

Una noche, mientras cenábamos en su suite, me contó cómo en Torreón había aprendido que la vida es como el desierto: intimidante desde lejos, pero lleno de vida al acercarse. Sus palabras desarmaban mis inseguridades.

Las tardes que no tenía reuniones nos escapábamos a lugares más cercanos a mi realidad. En una taquería local, mientras la salsa picante nos hacía sudar y reír, me contaba historias de sus inicios como ingeniera, cada anécdota un peldaño en la escalera de su éxito.

En el lobby del hotel, entre llamadas de negocios y reuniones, construíamos nuestro propio espacio, un reino secreto hecho de miradas cómplices y sonrisas robadas. Ella me presentaba a sus colegas sin hacer énfasis en jerarquías, explicaba términos técnicos con naturalidad y compartía anécdotas de sus viajes como quien cuenta secretos a un viejo amigo.

Las noches eran nuestro territorio más íntimo, donde las máscaras caían y las almas se desnudaban. Cuando el último ejecutivo abandonaba el bar y el lobby quedaba en silencio, nuestras conversaciones se profundizaban. Hablábamos de sueños que no cabían en hojas de cálculo, de miedos que ningún contrato podía disipar. En esos momentos, los contrastes sociales se desvanecían como la neblina sobre el Cerro de la Silla.

—¿Sabes qué es lo más difícil de alcanzar el éxito? —me preguntó una noche mientras observábamos las luces de Monterrey desde la ventana de su habitación—. Encontrar personas que vean más allá de él.

Comprendí entonces que nuestras diferencias no eran muros, sino puentes; no eran abismos, sino espacios fértiles donde nuestras experiencias se unían, como ríos que al encontrarse forman un caudal más poderoso.

El Refugio Inesperado

Entre las rutinas corporativas y las largas esperas en el Holiday Inn, descubrimos nuestro refugio en «La Parole», un elegante restaurante italiano. Allí, el aire estaba impregnado con el aroma a albahaca fresca, y el tintineo de las copas de vino tejía una atmósfera que disolvía nuestras diferencias. En ese pequeño rincón, entre platos de pasta que se enrollaban en nuestros tenedores como hilos del destino y conversaciones que se estiraban como el queso fundido, construimos un espacio propio, un pequeño universo apartado tanto de las salas de juntas como de mis cálculos de precios.

En uno de nuestros últimos días juntos, me sorprendió con una invitación que revelaba otra faceta de nuestras diferencias. Me propuso visitar una iglesia, un espacio que para ella representaba un pilar de su vida y que para mí era territorio ajeno. Su espiritualidad, tan natural como su respiración, contrastaba con mi enfoque más distante.

La iglesia nos recibió con la solemnidad de sus arcos y el silencio acogedor de sus naves. La luz atravesaba los vitrales creando un caleidoscopio de colores sobre el suelo. En ese espacio donde ella encontraba certezas, yo descubría preguntas nuevas. Me tomó de la mano y, en un susurro que mezclaba devoción y ternura, me propuso sellar nuestro compromiso de una manera personal y simbólica.

No era una ceremonia oficial, no había testigos más allá de las imágenes sagradas y la luz del atardecer. Era simplemente un momento íntimo donde dos personas, desde orillas diferentes de la fe, encontraban un punto medio en el lenguaje universal del amor. Sus oraciones se mezclaban con mi silencio respetuoso, creando una extraña pero hermosa armonía.

Mientras ella rezaba, yo contemplaba cómo nuestras sombras se fundían en el suelo de mármol, pensando en cómo dos personas tan diferentes podían encontrar un espacio común en el vasto universo. Tal vez era eso lo que hacía especial este momento: no la ceremonia en sí, sino el acto de encontrarnos a medio camino, cada uno haciendo espacio para la verdad del otro.

La Despedida Aplazada

El domingo, día de mi partida, el destino decidió extender la obra que nos había unido. Ella insistió en llevarme al aeropuerto en su auto, un gesto que parecía tan natural como todo lo demás. Sin embargo, el anuncio de la cancelación del vuelo fue como un guion inesperado, un giro que el universo nos regalaba con una sonrisa traviesa. Mi mente voló a Montreal, donde debía presentarme a primera hora del lunes, mientras los agentes de la aerolínea reorganizaban vuelos y repartían vouchers de hotel.

El Hotel Hampton Inn, cerca del aeropuerto, se convirtió en el escenario de nuestro epílogo no planificado. En la habitación asignada por la aerolínea, tan diferente de la suite ejecutiva del Holiday Inn como lo eran nuestros mundos, las horas se deslizaban como arena entre nuestros dedos. Cada grano, un segundo precioso que tratábamos de atesorar. Ella se quedó hasta tarde, a pesar de sus compromisos del día siguiente, como si también quisiera robarle tiempo al tiempo.

Las últimas palabras flotaban en el aire como el aroma del café que pedimos al servicio de habitación. Hablamos de todo y de nada, de sueños y realidades, de pasados divergentes y futuros inciertos, sabedores de que cada frase nos acercaba al inevitable adiós. Sus responsabilidades la llamaban temprano, un recordatorio de su mundo, pero en ese momento, en esa habitación imprevista, éramos solo dos personas luchando por hacer que el tiempo corriera más despacio.

Mientras el avión se elevaba sobre Monterrey, la ciudad se extendía bajo mis pies como un mapa de recuerdos. Pensé en cómo los retrasos, que en otro momento habrían sido meras molestias, se habían convertido en regalos de tiempo extra. Recordé su frase favorita: «Roma no se hizo en un día», y sonreí al pensar que el universo tiene su propia manera de extender los capítulos que no queremos que terminen.

Desde la ventanilla, vi cómo el Cerro de la Silla se empequeñecía en la distancia, pero su imagen quedaba grabada en mi memoria como un símbolo de nuestra semana: imponente, inolvidable, un hito en el paisaje de nuestras vidas. Mientras las nubes envolvían el avión, sentí que llevaba conmigo no solo recuerdos, sino una parte de ella, de Monterrey, de ese mundo que, por una semana, había sido también mío.

El viaje de regreso se convirtió en una carrera contra el tiempo. En el aeropuerto de Toronto, corrí entre terminales mientras escuchaba el último llamado para mi vuelo a Montreal, el corazón latiendo con una urgencia que no tenía que ver con la simple puntualidad. Llegué a la puerta cuando ya estaban cerrando, respirando agitado. Fui el último pasajero en abordar, deslizándome en mi asiento justo cuando el avión se preparaba para despegar, como si el destino quisiera asegurarse de que aprovechara hasta el último segundo de mi estancia en tierras mexicanas.

Los Ecos del Regreso

El regreso a Montreal trajo consigo más que la familiar neblina del norte; arrastró también una marea de dudas que el viaje había sembrado en mi interior. Los recuerdos de aquella semana comenzaron a revelarse bajo una luz diferente, como fotografías que al ser expuestas a la realidad mostraban detalles antes inadvertidos.

La escena con el agente de tránsito se reproducía en mi mente: su voz transformándose en acero cuando el oficial intentó intimidarla, la forma en que sus ojos centellaron con una dureza que no conocía. En ese instante, vislumbré una faceta de su personalidad que las cartas y las llamadas nocturnas no habían revelado: un carácter templado en el fuego de las batallas corporativas.

Nuestras pequeñas contrariedades durante la semana, que en el momento parecían ondulaciones en un lago tranquilo, ahora proyectaban sombras más largas. Cada desacuerdo menor se convertía en un presagio, cada diferencia de opinión en un posible abismo futuro. La distancia amplificaba estas preocupaciones, transformándolas en gigantes que poblaban mis noches de insomnio.

Mientras yo me sumergía en un silencio cargado de preguntas, ella respondía con una avalancha de llamadas telefónicas. Su determinación se medía en minutos de larga distancia, en facturas que desafiaban la lógica económica. Su voz atravesaba miles de kilómetros para encontrarme, cargada de planes y certezas, mientras yo me envolvía cada vez más en el capullo de mis dudas.

Las diferencias que había notado durante mi visita ahora parecían multiplicarse en mi mente: su mundo de decisiones ejecutivas y hoteles cinco estrellas contrastaba con mis cuidadosos cálculos de gastos diarios. Su carácter fuerte, que la había llevado al éxito, ¿podría sincronizarse con mi naturaleza más contemplativa?

Ella ya tenía todo planeado, cada paso calculado con la precisión de quien está acostumbrada a manejar proyectos complejos. Mientras tanto, yo me debatía en un mar de incertidumbres, preguntándome si estaba preparado para navegar en aguas tan profundas.

Las llamadas se sucedían una tras otra, su voz un ancla que intentaba mantenerme conectado a la realidad de lo que habíamos compartido. Pero cada timbrazo también traía consigo el peso de la responsabilidad, la consciencia de que sus planes avanzaban como un tren en marcha mientras yo permanecía en el andén, dudando si debía abordar.

La pregunta que me perseguía no era si la quería —eso lo tenía claro—, sino si podría estar a la altura de su mundo, de su ritmo, de su certeza inquebrantable. Ella invertía en llamadas telefónicas como quien invierte en futuros, con la confianza de quien sabe qué esperar del mañana. Yo, en cambio, calculaba no solo costos económicos, sino también emocionales, culturales, vitales.

En el silencio de mi apartamento montrealés, mientras la nieve comenzaba a cubrir la ciudad, me preguntaba cómo saldría de esta encrucijada. Ella ya había trazado el mapa de nuestro futuro con la precisión de sus proyectos ejecutivos, mientras yo me encontraba perdido en el territorio de mis propios miedos, buscando una brújula que me ayudara a navegar entre el amor y el temor, entre el deseo y la incertidumbre.

El Último Vals con la Soledad

En las noches de Montreal, donde el silencio tejía su propio lenguaje en el aire gélido, la soledad se manifestaba como una entidad tangible. Me encontraba en ese espacio intermedio entre la resignación y la esperanza, donde las verdades más profundas emergen como luciérnagas en la oscuridad.

Las llamadas desde Monterrey atravesaban el espacio y el tiempo como mensajeros de un destino que se negaba a ser ignorado. Cada timbrazo resonaba en la quietud como las campanas de un templo lejano, recordándome que el tiempo no espera a quienes dudan demasiado. En el silencio entre cada llamada, las verdades más profundas comenzaban a revelarse, como si el universo susurrara secretos que solo un corazón atento podría descifrar.

En las madrugadas, cuando el frío se deslizaba por las ventanas como un antiguo conocido, una certeza comenzó a cristalizarse en mi interior: había llegado a ese punto en la vida donde ya no era posible retroceder. La soledad, que durante tanto tiempo había sido mi refugio, se transformaba ahora en una prisión de cristal que reflejaba mis propios miedos. Las historias de amor que antes parecían fantasías tocaban a mi puerta con la insistencia de las verdades que no pueden ser postergadas.

Era como si el universo hubiera decidido presentarme esta última oportunidad envuelta en el papel más improbable: una ejecutiva mexicana cuya determinación rivalizaba con el acero de su ciudad. Nuestras diferencias, que inicialmente se alzaban como montañas insalvables, comenzaban a revelarse como los relieves necesarios en un paisaje que solo cobra sentido cuando se contempla desde la altura del espíritu.

La incertidumbre danzaba en mi mente como hojas de otoño en un viento caprichoso. Pero algo había cambiado. Comprendí entonces que existían dos tipos de umbrales en la vida: aquel desde el cual ya no podemos retroceder, y otro, más sutil, desde el cual no podemos seguir avanzando. Me encontraba precisamente en esa intersección sagrada, donde el silencio y la aceptación se convierten en las únicas respuestas posibles.

Entre las sombras de la duda y la luz de la esperanza, comenzaba a entender que el verdadero acto de valentía no residía en la resistencia, sino en la aceptación de lo inevitable; no en el cálculo meticuloso, sino en la rendición ante lo que debe ser. El teléfono sonaba una vez más, y esta vez, algo en las profundidades de mi ser había despertado. Como el río que finalmente encuentra su camino al mar, comprendí que algunas corrientes del destino son demasiado poderosas para ser resistidas.

Con manos que temblaban, me acerqué al teléfono. El aire de la habitación pareció densificarse, cargado de posibilidades. En ese instante preciso, mientras el último rayo de sol del atardecer montrealés dibujaba sombras en mi habitación, supe que había alcanzado ese punto definitivo en la vida donde las palabras se vuelven innecesarias y solo queda aceptar, en silencio, la verdad que el corazón ha estado susurrando todo este tiempo.

El universo entero pareció contener el aliento, como si comprendiera que algunas decisiones tienen el poder de reescribir no solo nuestro futuro, sino también nuestro pasado. Había llegado el momento de aceptar que la soledad, mi antigua compañera, debía ceder su lugar a algo más grande: la posibilidad del amor verdadero, con todas sus incertidumbres y promesas, con todos sus riesgos y bendiciones.

Aquella semana me había enseñado una verdad: en la matemática secreta del amor, las ecuaciones más complejas no siempre buscan la igualdad perfecta, sino el equilibrio misterioso que solo las almas valientes pueden alcanzar. Y mientras el tiempo tejía nuevas historias sobre nuestras vidas, supe que en ese rincón del mundo, bajo la luz de Monterrey, habíamos hallado la alquimia para transformar nuestras diferencias en el oro de un amor infinito.

Con la serenidad de quien por fin encuentra su lugar en la corriente del destino, comprendí que había llegado la hora de dejar que la vida fluyera sin resistencia, sin cálculos, sin miedos. El teléfono seguía sonando, y en su timbre persistente escuchaba la voz del futuro llamándome por mi nombre, invitándome a escribir el siguiente capítulo de una historia que apenas comenzaba a desplegarse bajo las estrellas de dos países que ahora formaban parte de mi propio mapa emocional.

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