Capítulo 16 "El Viaje de las Promesas: "La Travesía del Encuentro"

"El Viaje de las Promesas"

El avión descendió sobre Monterrey entre nubes teñidas de rojo crepuscular, como un pájaro místico buscando aterrizar en el corazón mismo del atardecer. A través de la ventanilla, la ciudad se desplegaba cual tapiz viviente entre montañas que parecían gigantes ancestrales, guardianes milenarios de secretos y promesas. "El Cerro de la Silla" se erguía majestuoso, un trono celestial aguardando para coronar este instante que hasta entonces había existido solo en la dimensión etérea de los sueños.

Cuando las ruedas tocaron la pista, sentí un golpe que me arrancó del mundo de ensueño en el que había habitado durante meses. Fue como aquel instante en que su primer mensaje apareció en mi pantalla, aquella noche invernal en Montreal: inesperado y contundente, sacudiendo los cimientos de mi existencia. "¿No te ha pasado que sientes conocer a alguien desde antes de conocerlo?", me había escrito ella, y esas palabras habían sido la semilla de una transformación que apenas comenzaba a comprender.

Ahora, bajo el abrazo cálido del cielo de Monterrey, esa pregunta resonaba en mi interior con una vibración diferente, como si las palabras hubieran madurado durante el viaje, nutriéndose de mis anhelos y temores. El significado que ahora encerraban era más profundo, más vasto, como si hubieran absorbido la esencia de mis reflexiones nocturnas y mis sueños más íntimos.

El aire frío del aeropuerto me envolvió al entrar, un último vestigio del invierno que dejaba atrás. Caminé siguiendo las señales, mientras los mensajes que habíamos intercambiado tantas noches parecían flotar a mi alrededor, como luciérnagas guiándome en este nuevo territorio. Cada paso resonaba contra el piso brillante, mezclándose con las voces en español que llenaban el lugar, un idioma familiar pero distante, como una melodía olvidada que poco a poco regresaba a mi memoria.

"Te reconoceré por tu mirada", me había dicho antes de emprender este viaje. "Los ojos no mienten, ni siquiera detrás de una pantalla". Estas palabras danzaban en mi mente mientras las puertas automáticas se abrían, revelando una multitud de rostros expectantes. El tiempo pareció detenerse, como si el universo contuviera el aliento ante lo que estaba por suceder. Todo se movía con una lentitud onírica, incluso los relojes digitales parecían titubear antes de marcar el próximo minuto. Solo el ritmo de mi corazón avanzaba con celeridad, marcando el compás de esta nueva sinfonía vital.

Busqué su rostro entre la gente como quien intenta encontrar una estrella particular en el firmamento: con la certeza de su existencia, pero temiendo haberla imaginado. Las pantallas de vuelos parpadeaban como constelaciones distantes, cada rostro a mi alrededor una promesa de lo que podría ser, cada sonrisa un posible final para este viaje que había comenzado en el éter digital.

Y entonces la vi. O quizás fue ella quien me encontró primero. En ese instante, el tiempo se rindió ante la magia del momento, dejándonos suspendidos en un presente eterno donde no existía el antes ni el después. Nos bastó una mirada para comprender que todas las promesas del camino, grandes y pequeñas, habían coincidido en este punto, listas para florecer en la realidad tangible.

Me encontraba en el umbral entre dos mundos: el de mis expectativas y fantasías, cultivado en la soledad de mi apartamento montrealés, y el de esta nueva realidad que se desplegaba ante mí, palpitante y desconocida. Cada paso que daba en este nuevo suelo era un paso en mi propio viaje interior, adentrándome en territorios inexplorados de mi alma. El contraste entre el frío de Montreal y el calor de Monterrey era un reflejo del contraste en mi interior: entre el hombre que había sido y el que estaba a punto de descubrir.

Mientras avanzaba hacia ella, sentía que cada paso me acercaba no solo a su presencia física, sino también a una versión más auténtica de mí mismo, una versión que había estado esperando este momento para revelarse. En sus ojos vi reflejado no solo el presente, sino todas las posibilidades del futuro que ahora se abría ante nosotros, tan vasto y misterioso como el cielo que se extendía sobre el Cerro de la Silla.

-El taxi avanzaba como un susurro entre las calles vibrantes de Monterrey, llevando consigo las promesas que el tiempo no había logrado apagar. A mi lado, ella miraba la ciudad como si cada edificio, cada sombra bajo el sol abrazador, formara parte de una conversación que se iniciaba sin palabras. Nos bastaba el roce de nuestras manos para entender que todo lo que había sido escrito hasta entonces había sido solo un preámbulo.

El calor del verano se extendía sobre la ciudad, convirtiendo el aire en un tapiz ondulante que hacía danzar la luz sobre el pavimento. Cada bocanada de aire cálido traía consigo la fragancia de un mundo nuevo, un universo paralelo donde nuestras vidas comenzaban a dibujarse sin tinta ni papel, sino con el pulso constante de la realidad.

Ella sonrió, y en esa sonrisa estaba condensado todo el tiempo que habíamos pasado separados. Los meses de cartas, los suspiros silenciosos al leer cada línea, las llamadas que colgaban en el aire como ecos de una melodía interminable: todo eso se disolvió bajo el sol regiomontano, fundiéndose con el presente.

—Te imaginé tantas veces aquí —dije al fin, mi voz quebrándose como la línea tenue entre el sueño y el insomnio.

Ella apretó mi mano con una suavidad que hablaba de certezas.
—Y yo te esperé.

Las montañas nos rodeaban, guardianas antiguas que parecían inclinarse para escuchar la conversación muda entre nosotros. Sus cumbres, desgastadas por siglos de viento y sol, parecían recordar historias que no necesitaban ser contadas. Eran testigos de encuentros como el nuestro, donde lo cotidiano se convertía en milagro y cada instante se alzaba con la solemnidad de lo eterno.

El taxista, ese extraño silencioso que compartía el aire con nosotros, miró por el espejo retrovisor y sonrió sin preguntar nada. Quizá entendía que algunos encuentros no precisan ser explicados; solo aceptados como parte del entramado caótico y hermoso del destino.

—Es más hermosa de lo que imaginé —dije, refiriéndome a la ciudad, pero sabiendo que mis palabras llevaban un doble significado.

—Tú también —respondió ella sin titubear, su voz firme, clara, como un faro que guía barcos a salvo entre la niebla.

La realidad, esa vieja burlona que tantas veces se se ríe de nuestros sueños, ahora nos acogía con los brazos abiertos. Cada semáforo era una pausa cómplice, cada bocina distante el eco de una bienvenida. Monterrey dejaba de ser solo un nombre en cartas y se transformaba en el escenario palpable de nuestra historia, un lugar que respiraba al compás de nuestros pasos.

Cuando el taxi finalmente se detuvo, supe que el viaje no terminaba ahí, sino que apenas comenzaba. La ciudad, el calor, la luz que se filtraba entre las montañas, todo parecía confabular para darnos la bienvenida. Pero lo más importante no era el lugar, sino el tiempo que por fin compartíamos.

Con nuestras manos entrelazadas, dimos el primer paso hacia una historia que se escribiría con más que palabras. Las promesas, ahora libres del papel que las había contenido, volaban entre nosotros como aves recién liberadas, listas para ser cumplidas. Y mientras avanzábamos por esas calles desconocidas, supe con certeza que no importaba cuánto calor trajera el verano regiomontano, el verdadero fuego estaba en nuestros corazones.

-El camino hacia nuestro destino continuaba trazándose entre las líneas sinuosas de Monterrey, pero en mi mente la narrativa de aquel viaje no cesaba de desplegarse, cargada de símbolos y presagios. El cerro imponente nos miraba desde su altura como un vigía eterno, testigo del entrelazado de nuestras historias, mientras los murmullos de la ciudad tejían su propio coro de bienvenida. La brisa cálida, aunque tenue, parecía susurrar secretos ancestrales que solo nuestras almas recién reunidas podían comprender.

Ella mantenía su mano entrelazada con la mía, como si temiera que la realidad pudiera diluirse si soltábamos ese hilo invisible que nos mantenía unidos. El latido de su pulso resonaba suave y constante, un eco del viaje compartido a través de palabras y cartas que habían cruzado continentes antes de convertirse en este presente palpable. Monterrey se desplegaba a nuestro alrededor, familiar y misteriosa, como una extensión de nuestras propias emociones.

A medida que nos acercábamos al lugar donde las promesas hechas a distancia encontrarían hogar, la sensación de pertenencia se fortalecía con cada kilómetro recorrido. La ciudad, tan distinta en su esencia y a la vez tan familiar, se tejía con los hilos de mi memoria y de su amor, entrelazando ambas vidas en una trama tan rica como el bordado de los sueños. El bullicio urbano se mezclaba con el canto de aves invisibles, una sinfonía que envolvía el presente y le confería la solemnidad de un ritual sagrado.

“Esto es solo el comienzo”, dijo ella suavemente, como si no quisiera romper el hechizo que nos rodeaba. Sus palabras flotaron en el aire, suspendidas entre la certeza del ahora y la incertidumbre del mañana. Las montañas respondieron en silencio, con su sabiduría de piedra milenaria, otorgando su bendición muda a la historia que comenzábamos a escribir.

Cuando el taxi finalmente se detuvo frente a una modesta casa , flanqueada por buganvillas en flor que desplegaban su estallido de color bajo el cielo abrasador, comprendí que la geografía del alma no conoce fronteras. Cada paso hacia la puerta se sintió como un nuevo capítulo, un testimonio de la fe que nos había guiado a pesar de la distancia y el tiempo. Monterrey y Medellín ya no eran solo ciudades; se habían convertido en puntos cardinales de nuestro destino, estrellas que brillaban en un firmamento compartido.

Mientras cruzábamos el umbral de aquel nuevo hogar, supe que el universo había trazado para nosotros una constelación singular. No se trataba de una simple alineación de astros, sino del nacimiento de un cosmos íntimo y único, tejido con las hebras de nuestro amor y nuestras esperanzas. Y así, con las montañas todavía vigilando desde la distancia, nuestras vidas, como ríos convergentes, se entregaron al caudal imparable del tiempo, listos para explorar juntos cada meandro y cada abismo del destino que nos esperaba.

Los Contrastes del Corazón

Aquella semana de julio de 1998 se desplegó ante mis ojos como el vuelo de una mariposa que a cada aleteo desvela un secreto del universo. La mujer que había imaginado entre suspiros y cartas perfumadas se presentó ante mí con una presencia avasalladora que dejó a mi corazón suspendido en el aire, como si la realidad se hubiese diluido en una bruma de ensueño. A sus treinta y tres años, irradiaba la serenidad de una montaña que ha resistido todas las tempestades del mundo, y al mismo tiempo, el fuego imprevisible de un relámpago.

Desde nuestra primera cena en El Hotel Holiday Inn, su mundo y el mío se revelaron como universos paralelos unidos por un capricho del destino. Ella se movía entre los elegantes comensales con la soltura de una emperatriz en su corte, mientras yo, con mi calculadora mental al acecho, convertía cada platillo en pesos y luego en dólares canadienses, como un oficinista compulsivo incapaz de despojarse del hábito del balance y la contabilidad. Su mano sostenía la carta del menú con la misma firmeza con la que seguramente dirigía sus reuniones en Sara Lee, esa empresa donde recién comenzaba, cuyas cifras volaban por su mente como pájaros migratorios.

Mientras ella trazaba con naturalidad el mapa de su mundo corporativo, yo permanecía al margen, observando el espectáculo fascinante que representaba su vida. La veía tomar llamadas en un inglés tan fluido que parecía un río manso, aunque cargado de la fuerza de quien es capaz de derribar montañas con la sola autoridad de su voz. Cada conversación pintaba en el aire una maraña de números y estrategias que yo apenas alcanzaba a comprender, pero admiraba como quien contempla el movimiento hipnótico de las olas sin necesidad de entender el lenguaje del mar.

La mujer que me había conquistado con palabras cuidadosamente hiladas en cartas de papel se transformaba ahora ante mis ojos en una estratega que podía transitar entre dos mundos opuestos con la destreza de una diosa griega. Cuando regresaba de sus reuniones, con la piel aún tibia por el sol del esfuerzo, volvía a emerger aquella que escribía "Roma no se hizo en un día", una frase que repetía con la dulzura de un sortilegio capaz de disipar mis inseguridades.

Sus gestos sencillos tenían el poder de convertir el frío mármol del lobby del hotel en un santuario donde nuestras diferencias se disolvían como la sal en el agua. Bastaba una mirada, una sonrisa, para que el torbellino del lujo corporativo se aquietara, y quedáramos solo nosotros dos, los mismos que en susurros epistolares habían dibujado un mundo común.

Cuando me veía sentado en el lobby, sus ojos brillaban con la complicidad de quien conoce cada rincón de mi alma. Aquellos momentos robados al caos del día se convertían en una tregua donde el amor y la vida hacían las paces, y yo comprendía que, pese a nuestras diferencias, éramos viajeros del mismo sueño, habitantes de un lugar donde el lujo y la sencillez convivían en un abrazo eterno.

Aquella semana me enseñó una verdad incontestable: en la matemática secreta del amor, las ecuaciones más complejas no siempre buscan la igualdad perfecta, sino el equilibrio misterioso que solo las almas valientes pueden alcanzar. Y mientras el tiempo tejía nuevas historias sobre nuestras vidas, yo supe que en ese rincón del mundo, bajo la luz dorada de Monterrey, habíamos hallado la alquimia perfecta para transformar nuestras diferencias en el oro puro de un amor infinito.

-En uno de nuestros últimos días juntos, me sorprendió con una invitación que revelaba otra faceta de nuestras diferencias y, al mismo tiempo, de nuestra inesperada conexión. Me propuso visitar una iglesia, un espacio que para ella representaba un pilar de su vida y que para mí era territorio ajeno. Su espiritualidad, tan natural y serena como su respiración, contrastaba con mi enfoque más distante hacia esos temas, una de las muchas singularidades que nos definían.

La iglesia nos recibió con la solemnidad de sus arcos y el silencio acogedor de sus naves. La luz atravesaba los vitrales creando un caleidoscopio de colores sobre el suelo, como si el universo quisiera decorar nuestro momento. En ese espacio donde ella encontraba certezas, yo descubría preguntas nuevas. Me tomó de la mano y, en un susurro que mezclaba devoción y ternura, me propuso sellar nuestro compromiso de una manera personal y simbólica.

No era una ceremonia oficial, no había testigos más allá de las imágenes sagradas y la luz del atardecer que se colaba por las ventanas. Era simplemente un momento íntimo donde dos personas, desde orillas diferentes de la fe, encontraban un punto medio en el lenguaje universal del amor. Sus oraciones se mezclaban con mi silencio respetuoso, creando una extraña pero hermosa armonía.

Mientras ella rezaba, yo contemplaba cómo nuestras sombras se fundían en el suelo de mármol, pensando en cómo dos personas tan diferentes podían encontrar un espacio común en el vasto universo. Tal vez era eso lo que hacía especial este momento: no la ceremonia en sí, sino el acto de encontrarnos a medio camino, cada uno haciendo espacio para la verdad del otro.

Las horas de espera en el Holiday Inn se transformaban en un ritual de contemplación, un ejercicio de paciencia que desbordaba mi capacidad de asombro y resistencia. Desde el sillón del lobby, me convertía en un observador fascinado de un mundo ajeno, donde ejecutivos con maletines de cuero pulido cruzaban como criaturas de un reino distante, sus conversaciones cifradas en números que para mí eran jeroglíficos de un idioma insondable. El tiempo se convertía en una sustancia maleable bajo las manos de un dios caprichoso: se estiraba interminablemente durante su ausencia, cada minuto un siglo de anhelo, y se comprimía cuando ella aparecía, haciendo que las horas se desvanecieran en segundos.

Los ventanales del hotel enmarcaban el Cerro de la Silla como un gigante de piedra que parecía cambiar de humor con cada giro del sol. Desde mi esquina silenciosa, me perdía en sus contornos imaginando que cada pliegue de la montaña guardaba secretos de nuestra historia, como si aquel coloso fuera el testigo mudo de nuestras conversaciones y susurros. En ocasiones cerraba los ojos y podía escuchar el eco de nuestras llamadas nocturnas, cuando las palabras fluían libres, sin el peso de las diferencias sociales, ni la intimidación de los espacios lujosos que ahora nos rodeaban.

Cuando regresaba de sus reuniones, con la serenidad de quien regresa de una batalla librada con palabras y números, buscábamos refugio en el bar del hotel, un oasis de intimidad entre la formalidad implacable del mundo corporativo. Ella pedía un martini con la misma elegancia con que manejaba sus negociaciones, el movimiento de su mano al sostener la copa tan fluido como sus estrategias. Yo, aferrado a una cerveza Corona, me sentía anclado a una realidad más sencilla en medio de aquel mar de lujo. —Las verdaderas conexiones no tienen nada que ver con las cuentas bancarias—, dijo una noche, mientras el hielo tintineaba en su copa como campanas diminutas anunciando una verdad. Su sonrisa transformaba el espacio impersonal en un santuario secreto donde solo existíamos nosotros y nuestras historias, suspendidos en el tiempo.

Las diferencias entre nuestros mundos se manifestaban en detalles cotidianos: ella firmaba las cuentas del hotel con la naturalidad de quien maneja cifras astronómicas, mientras yo calculaba mentalmente el tipo de cambio como un náufrago intentando orientarse. Su maleta, elegante y robusta, contrastaba con mi mochila desgastada por aventuras modestas; su tarjeta American Express dorada brillaba bajo las luces del restaurante, mientras yo escrutaba discretamente los precios del menú. Pero tenía el don de la alquimia social: convertía esos momentos potencialmente incómodos en anécdotas que tejían puentes sobre nuestras diferencias.

Una noche, mientras cenábamos en su suite, me contó cómo en su ciudad Torreón había aprendido que la vida es como el desierto: intimidante desde lejos, pero lleno de vida al acercarse. Sus palabras desarmaban mis inseguridades, transformando nuestras diferencias en dunas que el viento del entendimiento suavizaba con el tiempo. Las tardes que no tenía reuniones nos escapábamos a lugares cercanos a mi realidad, como exploradores buscando un terreno común. En una taquería local, mientras la salsa picante nos hacía sudar y reír, me contaba historias de sus inicios como ingeniera, cada anécdota un peldaño en la escalera de su éxito.

En el lobby del hotel, entre llamadas de negocios y reuniones que parecían decidir el destino de imperios, construíamos nuestro propio espacio, un reino secreto hecho de miradas cómplices y sonrisas robadas. Ella me presentaba a sus colegas sin hacer énfasis en jerarquías, explicaba términos técnicos con naturalidad y compartía anécdotas de sus viajes como quien cuenta secretos a un viejo amigo.

Las noches eran nuestro territorio más íntimo, donde las máscaras caían y las almas se desnudaban. Cuando el último ejecutivo abandonaba el bar y el lobby quedaba en silencio, nuestras conversaciones se profundizaban, cavando túneles entre nuestros mundos distantes. Hablábamos de sueños que no cabían en hojas de cálculo, de miedos que ningún contrato podía disipar. En esos momentos, los contrastes sociales se desvanecían como la neblina sobre el Cerro de la Silla, revelando el paisaje común de nuestras emociones.

—¿Sabes qué es lo más difícil de alcanzar el éxito?—, me preguntó una noche mientras observábamos las luces de Monterrey desde la ventana de su habitación. —Encontrar personas que vean más allá de él.— Comprendí entonces que nuestras diferencias no eran muros, sino puentes invitándonos a cruzar; no eran abismos, sino espacios fértiles donde nuestras experiencias se unían, como ríos que al encontrarse forman un caudal más poderoso y profundo.

-Entre las rutinas corporativas y las largas esperas en el Holiday Inn, descubrimos, casi por accidente, nuestro refugio en "La Parole", un elegante restaurante italiano de una delicadeza insólita. Allí, el aire estaba impregnado con el aroma a albahaca fresca, y el tintineo de las copas de vino tejía una atmósfera mágica, una que disolvía nuestras diferencias como la niebla suaviza los contornos de las montañas al amanecer. En ese pequeño rincón del mundo, entre platos de pasta artesanal que se enrollaban en nuestros tenedores como si fueran hilos del destino y conversaciones que se estiraban como el queso fundido de las pizzas, construimos un espacio propio, un pequeño universo apartado tanto de las frías salas de juntas como de mis ansiosos cálculos mentales de precios.

El domingo, día de mi partida, el destino, como un dramaturgo caprichoso, decidió extender la obra que nos había unido. Ella insistió en llevarme al aeropuerto en su auto, un gesto que escondía toda la naturalidad que había caracterizado nuestra semana, como si fuéramos dos piezas de un rompecabezas que siempre habían estado destinadas a encajar. Sin embargo, el anuncio de la cancelación del vuelo fue como un guion inesperado en nuestra historia, un giro inesperado que el universo nos regalaba con una sonrisa traviesa. Mi mente, a toda prisa, voló a Montreal, donde debía presentarme a primera hora del lunes, mientras los agentes de la aerolínea, como magos desbordando su mazo de cartas cósmicas, reorganizaban vuelos y repartían vouchers de hotel.

El Hotel Hampton Inn, cerca del aeropuerto, se convirtió en el escenario de nuestro epílogo no planificado, un acto extra en la obra de teatro de nuestro encuentro. En la habitación asignada por la aerolínea, tan diferente de la suite ejecutiva del Holiday Inn como lo eran nuestros mundos, las horas se deslizaban como arena entre nuestros dedos. Cada grano, un segundo precioso que tratábamos de atesorar. Ella se quedó hasta tarde, a pesar de sus compromisos tempranos del día siguiente, como si también quisiera robarle tiempo al tiempo, desafiante, como quien desafía al reloj con la misma determinación con que enfrenta sus desafíos corporativos.

Las últimas palabras flotaban en el aire, como el aroma del café que pedimos al servicio de habitación, cada palabra una nota en la sinfonía de nuestra despedida. Hablamos de todo y de nada, de sueños y realidades, de pasados divergentes y futuros inciertos, sabedores de que cada frase nos acercaba al inevitable adiós. Sus responsabilidades corporativas la llamaban temprano al día siguiente, un recordatorio implacable de su mundo, pero en ese momento, en esa habitación de hotel imprevista, éramos solo dos personas luchando por hacer que el tiempo corriera más despacio, como niños que intentan detener el agua con sus manos.

Mientras el avión se elevaba sobre Monterrey, la ciudad se extendía bajo mis pies como un mapa de recuerdos, y pensé en cómo los retrasos y cancelaciones, que en otro momento habrían sido meras molestias de viaje, se habían convertido en regalos inesperados de tiempo extra, pequeños milagros cotidianos que alargaban nuestra historia. Recordé su frase favorita: "Roma no se hizo en un día", y sonreí al pensar que, a veces, el universo tiene su propia manera de extender los capítulos que no queremos que terminen, como si el libro de nuestras vidas tuviera páginas ocultas que solo se revelan cuando el corazón no está listo para cerrar el capítulo.

Desde la ventanilla del avión, vi cómo el Cerro de la Silla se empequeñecía en la distancia, pero su imagen quedaba grabada en mi memoria como un símbolo de nuestra semana juntos: imponente, inolvidable, un hito en el paisaje de nuestras vidas que, aunque se alejara, permanecería siempre en el horizonte de nuestros recuerdos. Mientras las nubes envolvían el avión, llevándome de vuelta a mi realidad en Montreal, sentí que llevaba conmigo no solo recuerdos, sino una parte de ella, de Monterrey, de ese mundo que, por una semana, había sido también mío. La distancia podría separarnos físicamente, pero había algo en el aire, en el latido de mi corazón, que me decía que nuestra historia, como Roma, apenas comenzaba a construirse.

El viaje de regreso se convirtió en una carrera contra el tiempo, una metáfora perfecta de nuestra historia, siempre luchando contra los límites impuestos por la realidad. En el aeropuerto de conexión, en Toronto, corrí entre terminales mientras escuchaba el último llamado para mi vuelo a Montreal, mi corazón latiendo con una urgencia que no tenía que ver con la simple puntualidad. Llegué a la puerta cuando ya estaban cerrando, respirando agitado, el corazón latiendo tanto por la carrera como por los recuerdos de la semana que dejaba atrás. Fui el último pasajero en abordar, deslizándome en mi asiento justo cuando el avión se preparaba para despegar, como si el destino quisiera asegurarse de que aprovechara hasta el último segundo de mi estancia en tierras mexicanas.

-El regreso a Montreal trajo consigo más que la familiar neblina del norte; arrastró también una marea de dudas que el viaje había sembrado en mi interior. Los recuerdos de aquella semana en Monterrey comenzaron a revelarse bajo una luz diferente, como fotografías antiguas que, al ser expuestos a la luz de la realidad, mostraban detalles antes inadvertidos.

La escena con el agente de tránsito se reproducía en mi mente como una cinta de celuloide gastada: su voz transformándose en acero cuando el oficial intentó intimidarla, la forma en que sus ojos centellaron con una dureza que no conocía. En ese instante, vislumbré una faceta de su personalidad que las cartas perfumadas y las llamadas telefónicas nocturnas no habían revelado: un carácter templado en el fuego de las batallas corporativas, acostumbrado a no dar un paso atrás, como un general que ha librado mil guerras en salas de juntas.

Nuestras pequeñas contrariedades durante la semana, que en el momento parecían ondulaciones en un lago tranquilo, ahora proyectaban sombras más largas en mi consciencia, como árboles al atardecer. Cada desacuerdo menor se convertía en un presagio de tormentas potenciales, cada diferencia de opinión en un posible abismo futuro. La distancia geográfica amplificaba estas preocupaciones, transformándolas en gigantes que poblaban mis noches de insomnio montrealesas, como personajes de un cuento de Cortázar que cobraban vida en la oscuridad.

Mientras yo me sumergía en un silencio cargado de preguntas sin respuesta, ella respondía con una avalancha de llamadas telefónicas. Su determinación se medía en minutos de larga distancia, en facturas telefónicas que desafiaban la lógica económica, como si cada dígito fuera una promesa de amor. Su voz atravesaba miles de kilómetros para encontrarme, cargada de planes y certezas, mientras yo me envolvía cada vez más en el capullo de mis dudas, tejido con hilos de miedo y expectativas.

Las diferencias que había notado durante mi visita ahora parecían multiplicarse en mi mente como fractales: su mundo de decisiones ejecutivas y hoteles cinco estrellas contrastaba brutalmente con mis cuidadosos cálculos de gastos diarios, como si fuéramos personajes de dos novelas distintas que, por algún capricho del destino, se hubieran encontrado en la misma página. Su carácter fuerte, que la había llevado al éxito en el mundo corporativo, ¿podría sincronizarse con mi naturaleza más contemplativa, como dos relojes que marchan a ritmos distintos?

Ella ya tenía todo planeado, cada paso calculado con la precisión de quien está acostumbrada a manejar proyectos complejos, como un arquitecto que visualiza el edificio completo antes de colocar la primera piedra. Mientras tanto, yo me debatía en un mar de incertidumbres, preguntándome si estaba preparado para navegar en aguas tan profundas, como un marinero novato frente a su primer océano.

Las llamadas se sucedían una tras otra, su voz un ancla que intentaba mantenerme conectado a la realidad de lo que habíamos compartido. Pero cada timbrazo del teléfono también traía consigo el peso de la responsabilidad, la consciencia de que sus planes avanzaban como un tren en marcha mientras yo permanecía en el andén, dudando si debía abordar, como el protagonista de una novela de García Márquez, atrapado entre dos mundos.

La pregunta que me perseguía no era si la quería —eso lo tenía claro como el agua de los lagos canadienses—, sino si podría estar a la altura de su mundo, de su ritmo vital, de su certeza inquebrantable. Ella invertía en llamadas telefónicas como quien invierte en futuros, con la confianza de quien sabe exactamente qué esperar del mañana. Yo, en cambio, me encontraba calculando no solo costos económicos, sino también emocionales, culturales, vitales, como un alquimista que intenta transformar el plomo de sus miedos en el oro de la certeza.

En el silencio de mi apartamento montrealés, mientras la nieve comenzaba a cubrir la ciudad como un manto de dudas, me preguntaba cómo saldría librado de esta encrucijada. Ella ya había trazado el mapa de nuestro futuro con la precisión de sus proyectos ejecutivos, mientras yo me encontraba perdido en el territorio inexplorado de mis propios miedos, buscando una brújula que me ayudara a navegar entre el amor y el temor, entre el deseo y la incertidumbre, como un explorador en un continente desconocido donde cada paso podría llevar a la gloria o al abismo.

El Último Vals con la Soledad 

En las noches de Montreal, donde el silencio tejía su propio lenguaje en el aire gélido, la soledad se manifestaba como una entidad tangible que danzaba entre las sombras de mi apartamento. Me encontraba en ese espacio intermedio entre la resignación y la esperanza, donde las verdades más profundas emergen como luciérnagas en la oscuridad.

Las llamadas desde Monterrey atravesaban el espacio y el tiempo como mensajeros de un destino que se negaba a ser ignorado. Cada timbrazo del teléfono resonaba en la quietud de mi habitación como las campanas de un templo lejano, recordándome que el tiempo, ese río inexorable que fluye sin descanso, no espera a quienes dudan demasiado. En el silencio entre cada llamada, las verdades más profundas comenzaban a revelarse, como si el universo mismo susurrara secretos que solo un corazón atento podría descifrar.

En las madrugadas, cuando el frío de Montreal se deslizaba por las ventanas como un antiguo conocido, una certeza comenzó a cristalizarse en mi interior: había llegado a ese punto en la vida donde ya no era posible retroceder. La soledad, que durante tanto tiempo había sido mi refugio y maestra, se transformaba ahora en una prisión de cristal que reflejaba infinitamente mis propios miedos. Las historias de amor que antes parecían fantasías lejanas ahora tocaban a mi puerta con la insistencia de las verdades que no pueden ser postergadas.

Era como si el universo, en su misteriosa sabiduría, hubiera decidido presentarme esta última oportunidad envuelta en el papel más improbable: una ejecutiva mexicana cuya determinación rivalizaba con el acero de su ciudad natal. Nuestras diferencias, que inicialmente se alzaban como montañas insalvables entre nosotros, comenzaban a revelarse como los relieves necesarios en un paisaje que solo cobra sentido cuando se contempla desde la altura del espíritu.

La incertidumbre, esa compañera constante en el camino del autoconocimiento, danzaba en mi mente como hojas de otoño en un viento caprichoso. Pero algo había cambiado en la naturaleza de esa danza. Comprendí entonces que existían dos tipos de umbrales en la vida: aquel desde el cual ya no podemos retroceder, y otro, más sutil y definitivo, desde el cual no podemos seguir avanzando. Me encontraba precisamente en esa intersección sagrada, donde el silencio y la aceptación se convierten en las únicas respuestas posibles.

Entre las sombras de la duda y la luz de la esperanza, comenzaba a entender que el verdadero acto de valentía no residía en la resistencia, sino en la aceptación silenciosa de lo inevitable; no en el cálculo meticuloso, sino en la rendición ante lo que debe ser. El teléfono sonaba una vez más, y esta vez, algo en las profundidades de mi ser había despertado. Como el río que finalmente encuentra su camino al mar, comprendí que algunas corrientes del destino son demasiado poderosas para ser resistidas.

Con manos que temblaban como hojas al viento, me acerqué al teléfono. El aire de la habitación pareció densificarse, cargado de posibilidades y promesas no pronunciadas. En ese instante preciso, mientras el último rayo de sol del atardecer montrealés dibujaba sombras alargadas en mi habitación, supe que había alcanzado ese punto definitivo en la vida donde las palabras se vuelven innecesarias y solo queda aceptar, en silencio, la verdad que el corazón ha estado susurrando todo este tiempo. El universo entero pareció contener el aliento, como si comprendiera que algunas decisiones tienen el poder de reescribir no solo nuestro futuro, sino también nuestro pasado, y que en ese preciso instante, yo había elegido seguir viviendo de esta forma, con la serena certeza de quien por fin encuentra su lugar en el mundo.

Queridos amigos:

Al llegar al final de este capítulo, quiero expresar mi más sincero agradecimiento por formar parte de mi vida y acompañarme en este viaje literario. Los invito a sumergirse en estas páginas con el mismo cariño con el que las escribí y a compartir sus pensamientos, anécdotas y reflexiones con sus seres queridos. Sus historias son un valioso complemento a las mías, y nada me alegraría más que saber que estas memorias han tocado su corazón de alguna manera.

Si este libro les ha brindado momentos gratos, me permitiré pedirles un pequeño favor: los invito a adquirir mi obra en Amazon, disponible a un precio accesible. Su apoyo no solo me ayudará a alcanzar un lugar entre los más vendidos, sino que permitirá que este proyecto llegue a muchas más personas. Dejar un comentario y calificar el libro sería un gesto invaluable para mí.

Con todo mi afecto y gratitud,
Abelardo Salazar

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