21 «El Día que el Viento Danzó» (34)
Capítulo 21 «El Día que el Viento Danzó» Torreón amaneció con un cielo teñido de dorados antiguos, como si el desierto mismo hubiera vestido sus nubes para honrar nuestra boda. En la casona de la abuela Bella, donde cada grieta de los muros de adobe exhalaba memorias, el tiempo parecía danzar entre los limoneros que inclinaban sus ramas como ancianos bendiciendo el día. La encontré en su patio —ese santuario donde había cultivado no solo árboles frutales, sino el amor de generaciones enteras. Sentada en su trono de cedro, sus manos —mapas de nuez surcados por ríos de tiempo— acariciaban un rosario de ébano. Desde que la conocí, su presencia había sido un faro, el corazón palpitante de una familia que se reunía cada fin de semana bajo la sombra de sus cerezos en flor. —Hoy no te casas solo con Ofelita —dijo al levantarse, ajustándome la solapa del frac con dedos que olían a tierra y albahaca—. Te casas con los fantasmas de esta casa. Entre el movimiento de las buganvillas, creí ver...