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Mostrando entradas de febrero, 2025

Capítulo 23 «El Jardín de los Tiempos Prestados»

"El vacío compartido" El peor tipo de tristeza es aquella que no necesita explicación, esa que llega sin aviso y se instala sin permiso. No grita ni reclama, pero se siente en cada rincón del cuerpo como un peso invisible. Es un dolor sin palabras, un vacío que ninguna sonrisa llena. Un eco constante que acompaña en el silencio. Esta tristeza no lucha ni se impone, simplemente está ahí, persistente y callada. Su calma melancólica nos obliga a mirar hacia adentro, enfrentando heridas que hemos ignorado. Es un visitante incómodo, pero también un espejo que refleja verdades olvidadas. Pasarán estos días como pasa la brisa que juega entre las cortinas raídas por el tiempo, como las hojas secas que se aferran a las ramas antes de caer. Hojas otoñales caen en un murmullo dorado, marcando el paso del tiempo. Estas primaveras nuestras—las suyas, treinta y cinco; las mías, cincuenta—, llevamos a cuestas el peso de calendarios deshojados en vano. La ciudad, con su aliento de hierro, ll...

Capítulo 22 «El día en que el tiempo se detuvo»

  3 de octubre de 1998 Torreón despertó vestida de novia aquella mañana. Las buganvillas trepaban por los postes como testigos impacientes, y el viento —ese viejo tejedor de destinos— hilaba canciones con el rumor de los vestidos de seda. En la iglesia de San José, donde los santos de madera inclinaban sus cabezas en actitud de rezo, las gardenias susurraban secretos que solo los enamorados podían oír. «¿Será este el último día en que nos reconozcamos como dos?», pensé al verla avanzar entre velos de luz dorada. Las campanas no repicaban: cantaban en un lenguaje olvidado, mientras el sol filtraba su bendición a través de los vitrales, pintando promesas efímeras sobre nuestras manos entrelazadas. La ciudad entera respiraba una fragancia de azahar y esperanza, mientras el sol, cual Cupido travieso, lanzaba flechas doradas sobre los invitados. Nuestra boda fue más que una ceremonia; fue un momento mágico y único, un conjuro de amor que resonó en cada rincón de la comarca. Las flores, ...

Capítulo 21 «El Día que el Viento Danzó»

 «El Jardín de los Susurros» Torreón amaneció con un cielo teñido de dorados antiguos, como si el desierto mismo hubiera vestido sus nubes de oro para honrar nuestra boda. En la casona de la abuela Bella, donde cada grieta de los muros de adobe exhalaba memorias, el tiempo parecía danzar entre los limoneros que inclinaban sus ramas como ancianos bendiciendo el día. La encontré en su patio, ese santuario de reuniones dominicales donde había cultivado no solo árboles frutales, sino el amor de generaciones enteras. Sentada en su trono de cedro, sus manos —mapas de nuez surcados por ríos de tiempo— acariciaban un rosario de ébano mientras murmuraba plegarias que olían a canela y tierra mojada. Desde que la conocí, su presencia había sido un faro de sabiduría, el corazón palpitante de una familia que se reunía cada fin de semana bajo la sombra de sus cerezos en flor. —Hoy no te casas solo con Ofelita —dijo al levantarse, ajustándome la solapa del frac con dedos que olían a tierra y alba...

Capítulo 20 "El Umbral del amor"

"El Umbral del amor" En la penumbra de la noche, cuando el silencio se cierne sobre el mundo como un manto de terciopelo negro, una certeza me asalta: la de haber olvidado algo esencial. Es una sensación fantasmal, como si una parte de mi ser hubiera quedado rezagada en una casa de la que partí apresuradamente, dejando tras de mí puertas entreabiertas y luces parpadeantes. El aire nocturno, denso y cargado de secretos, parece susurrar con voces apenas audibles, recordándome esa pieza faltante de mi existencia. Miro mis manos bajo la luz ambarina del atardecer, estas manos que guardan la memoria de todos los caminos recorridos. En sus líneas leo la historia de los sueños que han florecido y marchitado entre mis dedos, de las promesas que se han deslizado como agua entre las grietas del tiempo. Cada marca es un mapa de batallas libradas, cada cicatriz una historia de amor o pérdida que el tiempo no ha logrado borrar. Me pregunto si estas manos, que han aprendido el arte de solt...